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Superman, el Apolo postmoderno

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Superman, el Apolo postmoderno

El templo de Apolo en Delfos

En el dintel del templo se lee “Conócete a ti mismo”, palabras que Apolo dirige al visitante para que medite si de verdad desea entrar, o lo que es igual, si de verdad necesita del auxilio del dios para fortalecer su daimon intrínseco.

Apolo de Praxíteles

Apolo de Praxíteles

Apolo, el matador de la serpiente, es el dios del Sol y gobierna el carro que porta el astro a lo largo de la bóveda celeste, amén de patrocinar las artes, entre otras de sus principales responsabilidades. Hijo de Zeus, reside en el Olimpo y, de vez en cuando, desciende a la tierra encaprichado de alguna bella mortal, lo mismo que hace su padre. Es tan popular su culto que célebres artistas lo han glorificado en poesías, pinturas y esculturas.

El Apolo de Praxíteles es una de las esculturas obra maestra de la historia. En ella, el artista dio forma a los divinos atributos del dios y los dotó de humanidad, de movilidad y de ligereza. El mármol se metamorfoseó en un ser vivo y, además, divino. Praxíteles tomó a Apolo y lo bajó del Olimpo para que velara de sus fieles, protegiera a los débiles y los defendiera ante las amenazas. O al menos, eso sería grosso modo lo que sentían aquellos que contemplaban la estatua y leían el lema apolíneo.

Y así…

Una tarde Daniel Stevie jugaba con su gatito en el jardín de su casa. Le lanzaba un ovillo de lana al minino, el cual se esforzaba lo máximo posible en atraparla antes de que Daniel lo hiciera y así impedir que se lo lanzara de nuevo. Desesperado –el minino digo– ascendió como alma que persigue el diablo por el roble de cincuenta años del jardín, deteniéndose en la maraña de la copa, oculto a los ojos de Daniel, dispuesto a yacer en tranquilidad. Para disgusto del felino, Daniel se acercó al tronco con afán escalador y rescatar a su mascota de lo que él creía una emergencia. Tras varios intentos, Daniel empezó a gritar pidiendo ayuda, a lo que enseguida acudió su madre preocupada justo en el momento en que el Hijo de Kryton, ingrávido a 4 metros del suelo, se acercaba a la rama donde se descansaba el gato, que apenas pudo hacer nada con sus garras contra la piel de acero de Superman.

Daniel y su madre agradecieron a Superman la buena acción del día, y éste con un cordial saludo ascendió hasta desaparecer en el azul celeste en menos de un segundo.

Desde aquel día, Daniel sabe que hay alguien allí arriba que le cuida y le protege.

Superman, el Apolo postmoderno

Superman por Alex Ross

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